14/2/11

EL VIAJE

  
Autor: © Jesús Alejandro Godoy

El monje salió un poco más que abatido de la abadía, su maestro le había negado por decimocuarta vez la posibilidad de viajar hacia esa tierra lejana de sus sueños.
El monje soñaba con viajar hacia Argentina, desde que unos viajeros perdidos se habían topado casi por casualidad con las puertas de la abadía; su maestro, les había dado techo y comida durante tres días con sus noches, y fue en una de esas noches que uno de los cuatro viajeros que a tientas hablaba un poco de nepalés, había subyugado a varios monjes con sus historias de la tierra rica y lejana donde habitaban varias personas de distintas razas en muchas ciudades y donde sobre todo, no existían problemas religiosos, por lo que el monje se imaginó caminando entre varias personas tranquilamente, ya que en su Katmandú natal, él y sus compañeros era vistos como dementes o marcianos que se dedicaban gran parte de su día y de su vida a rezar o adorar a Dios, sin que medie otro interés que el trabajar las tierras o comunicarse con entidades celestiales.
Un día después que los cuatro argentinos hubieran partido, el monje arregló su toga y se presentó ante su maestro, y como sabía que éste solamente aceptaba una sola pregunta por año vivido en la abadía, ésta debía ser muy bien formulada y sobre todo con las palabras correctas.
Cuando estuvo frente a él, el monje preguntó firme:

-¿Maestro…? ¿puedo viajar a la república de Argentina…?

El maestro sin levantar la vista del suelo le dijo: “No”

El monje se retiró sin decir palabra alguna.
En los años subsiguientes, exactamente catorce, se había repetido la escena una y otra vez.
En la última ocasión, el monje se había quedado sentado en las escaleras de la gran fuente visiblemente disgustado y casi al borde del llanto, cuando vio salir a uno de sus compañeros de la gran sala del maestro con una gran sonrisa...
El monje le preguntó a su compañero cual era el motivo de su alegría, y éste le dijo: “¡Obtuve del maestro la aprobación para viajar a España!”, y dicho esto se alejó en forma urgente para disponer su partida.
Tranquilamente, el monje reacomodó sus sandalias y casi al borde de la furia, ingresó nuevamente por la puerta de la gran sala…
El maestro sin levantar la vista de sus escritos, y antes que el monje pudiera hablar, dijo:

-eres libre para caminar, eres libre para dormir, eres libre para estudiar, eres libre para respirar, eres libre en todos los aspectos de tu vida...

-Sin embargo, tu elección fue ponerte en mis manos, y buscar una respuesta a tu solicitud; mientras que yo, solamente soy tu maestro, pero no soy el hacedor de tu vida, solamente soy el que contempla tus acciones, como el Gran Maestro contempla las mías, pero Él no elige por mí; y si yo, lo culpara a Él por mis decisiones, como en este momento tú me culpas a mí por las tuyas, tendríamos la excusa perfecta para nuestros fallos… muchacho –agregó el maestro mirando una golondrina posarse sobre una rama, venciéndola suavemente- los hacedores de las pirámides no le preguntaron a las piedras si querían apilarse, solamente las apilaron, los barcos no le preguntan al mar si pueden zambullirse en sus aguas solamente lo navegan, Dios no te ha de preguntar si puede tomar tu alma, solamente te llamará a su lado…

El silencio fue absoluto, el monje se sintió avergonzado, bajó su cabeza y caminó hacia la puerta.

-Muchacho -dijo nuevamente el maestro sin retirar la vista de sus escritos-, tu compañero no me preguntó si podía viajar a España, solamente vino a despedirse y yo le dije que si algún día volvía a la abadía me trajera un buen acero de Toledo…
El monje solamente reanudó su marcha en silencio y cerró la puerta tras de sí tranquilamente.
 Muchos años después; una mañana, un extraño monje ingresó a la abadía con un obsequio para su maestro, el cual lo recibió de manos de su discípulo con alegría y extrañeza; éste, le dijo que era “dulce de leche”, una comida autóctona de Argentina.

Los que fueron testigos de esa reunión; cuentan que luego ambos se quedaron dentro de la gran sala, hablando, sobre la vida, las golondrinas, el viaje y las decisiones…

2 comentarios:

Norma. dijo...

Es verdad, no se puede culpar a nadie por lo que hacemos u omitimos. La vida es una y más corta de lo que creemos... las decisiones deben ser personales y a tiempo... después puede ser muy tarde.

Jesús Alejandro Godoy dijo...

Es una verdad Norma y hasta te diría una ley de la vida, que todas las malas decisiones (o a destiempo) que tomamos, luego se vuelven resentimiento, agobio, dolor y nos volvemos unos seres abstractos, que creemos que no podemos volver a intentar las cosas... Muchas gracias por pasar por aquí Norma.

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